"Entretanto, la fina lluvia seguía empapando el mundo"
Y parece que vuelve
a haber alguien en mi cama,
escondido bajo las sábanas.
Pero no es más que una
caprichosa
combinación
de pliegues
"Entretanto, la fina lluvia seguía empapando el mundo"
Y parece que vuelve
a haber alguien en mi cama,
escondido bajo las sábanas.
Pero no es más que una
caprichosa
combinación
de pliegues
Medio lleno a veces,
Medio vacío las más.
Always miss you
En las tardes
Eternas
De domingo.
No aprendo.
Tengo que cambiar
De hábitos o de vida
Dame un motivo.
Dame un motivo y lo haré.
Te abrazaré tan fuerte que estos años parecerán segundos.
Tan fuerte que ni el tronar de los cañones te hará volver la cabeza.
Los cañones serán la excusa. Con su ruido esconderé mis palabras.
Dame la excusa. Haz que truenen los cañones
La luna, para variar,
Seríedemí.
Las aceras siguen vacías,
Invitándomea
Pasar por tu calle
Ymirarhacia
Donde solía haber luz
Peroyanohaynada
Pienso si dejarte
Unmensajedevoz
De esos que tanto odio
Meconformocon
Recordarte
Paseamos por las calles
Que nos prohibieron
En su día.
Nos cogemos de la mano
Casi sin notarlo
En esa esquina.
Están heladas.
Como lo que, en un momento,
Dejamos de sentir.
Un enfado que se nos fue de las manos.
Una sonrisa que se grabó a fuego.
Un llanto que parece que nunca se acaba.
En menos de veinte y cuatro horas he cruzado este mar dos veces. Este mar que tantos cadáveres aloja. Y mi mente sólo puede (solo) recordar historias sin trascendencia. Irrelevantes cuentos de ayer.
Me he insensibilizado a ciertas manos.
Me he encerrado en ciertas ideas.
Porque, aunque sea el mayor error de mi vida, si me das la ocasión volveré corriendo
Cortar por lo sano
O al menos por donde está menos verde.
Ese olor tan intenso al caer la tarde
No puede ser bueno.
Me gusta sentarme a ver
Por dónde atacar,
A pensar un rato
Cuál es la mejor forma
De podar el limón.
Es una tarea contemplativa
Aunque parezca una acción salvaje.
Cuando acaba el día, antes de cenar,
Su fruto me recuerda yo no sé qué
...se miraron. "Cómo ha envejecido", pensó Lucía. "Por ella nunca pasa el tiempo", contempló Mario.
Lucía tomó asiento. Mario hizo lo mismo. Ella con un sonrisa sincera en los labios. Él imitándola con incomodidad. Se dio cuenta tarde de que tenía el papel garabateado frente a él e intentó guardarlo con disimulo. Lo introdujo como una suerte de marcapáginas a mitad de Los últimos románticos, de la que apenas le quedaba una cuarta parte de la obra por leer. Su nueva compañera de viaje fingió no darse cuenta; colocó el bolso en el asiento de la ventanilla, sin ocupar aún, y urgó en él hasta extraer un libro electrónico. Quería hacerse cómplice de Mario...
Hacer café, poner a secar las sábanas, recoger la cocina, ordenar todos los libros que dejaste tirados en el salón solo para demostrar que tenías razón. Que las plantas se riegan por la tarde. Que las horas pasan lentas en la desquerencia. Que un domingo es mal día para estudiar literatura
Sencillos pasos
Para no tener que pensar
Solo memorizar
Sencillo procedimiento
Que me evita volver
Solo proceder
Difícil rutina
Cuando no tienes reloj
Solo brújula
Surcar los días del calendario
como las tres carabelas el Atlántico
o una moderna fragata el Índico.
Indolente.
Mirando a tierra.
Esperando que nada malo pase.
Cuando menos me lo espere
Mar a babor
Océano a estribor
Tu voz se mezclará con el viento
Y me hará girarme.
Y no te veré.
Tu recuerdo es muy traicionero.
Sobre todo en alta mar.
...en la parte de atrás del billete. No sabía muy bien qué era; estaba absorto en la escritura. Aun así, lo interrumpió.
Al principio Mario la miró como quien mira un poste de la luz. Al cabo de tres segundos (que son muchos segundos para esta situación concreta) algo hizo 'clic' en su mente y reaccionó como está pactado.
Se levantó. Holacomotúporaquí. Dos besos. Puesyavesdeviajequemevoyytú. Se sienta él. Necesitabadesconectarypenséque. Se sienta ella. Puesquésorpresavertejustoaquíydespuésdetantotiempo.
Se miraron...
Desayunar pan tostado y uvas
y salir a correr
bajo la lluvia.
Pensar en cosas sin importancia
como en la lista de la compra,
en el libro a medio leer,
en tu sujetador tirado en el suelo.
Llegar a casa para, con tristeza,
comprobar que
el sujetador y tú habéis marchado.
... Lucía, por su parte, llevaba mucho tiempo sin reparar en la existencia de Mario. ¿Meses? ¿Años? No podría decirlo. Ella era muy práctica: cuando dejaba de frecuentar un lugar, una persona, una idea,... La dejaba olvidada en algún lugar de su mente. Esto no quería decir que no le importara; era tan solo una manera de liberar espacio en su ajetreada cabeza. De hecho se alegró mucho de ver al joven en el mismo vagón, sentado frente al asiento que debía ocupar ella.
Mario estaba garabateando palabras en la parte de atrás del billete...
Mario no esperaba encontrarse a Lucía al subir al AVE Madrid-Valencia del sábado por la mañana. Tampoco puede decirse que esperara no encontrarla. Sus expectativas para ese viaje de escasa hora y media de duración eran acabar la novela de Pío Baroja y los restos de licor del fondo de su petaca.
Meses atrás Mario se habría alegrado del encuentro. Sin embargo, las circunstancias habían cambiado. Cuando renunció a su puesto renunció también a toda su vida pasada. Cambió de ciudad, de ocupación y hasta de aspecto. Sólo le quedaban de aquella época su nombre, heredado de su abuelo, y su afición por el buen Blues.
Lucía, por su parte,...
Tiene la necesidad de emborracharse para escribir cosas que tengan sentido. Que el viento me trae recuerdos del pueblo y del mar, que las noches no duermo bien si no es acompañado, que siempre cuento la misma historia.
Cuando escribía sin alcohol solo salían cuentos descafeinados, cuentos de verano, cuentos felices. Irreales.
La difícil decisión: escoger entre reventar el hígado o reventar de ideas acumuladas. Y las semanas van pasando. La cirrosis avanza.
Tener la certeza de que
Por mucho güisqui
Por muchas aventuras
Por muchas noches en vela
Jamás llegaré a escribir así.
Y seguir intentándolo
No hay vida en esta ciudad hasta las 9 de la mañana. No hay derecho a madrugar si la noche anterior saliste a quemar las calles. No hay dónde tomarse un maldito café con el que bajar al suelo.
No hay necesidad de dar esa conferencia si tú no la vas a escuchar.
La torre del reloj. La ciudad vieja. Las amistades nuevas. Semanas que se pasan como días, días que se pasan como segundos. Humo de cigarro, espuma de cerveza.
Y un mensaje inesperado.
El martes es el día en que te sentencian a muerte
Jugar con tu pelo para quedarme dormido. O para despertarte sutilmente.
Una caricia inoportuna. Un roce descuidado. Sábanas que caen al suelo.
Septiembre es un mes para amarse intensamente mientras vemos caer las horas por los tejados.
Un aguachirri hirviendo en el que mojar un cruasán antes de salir corriendo.
Un buen café con leche en el mejor rinconcito de Zaragoza.
Asiático junto al Mar Menor vestidos de uniforme.
Un carajillo en Pontevedra que quita el frío y calienta tu ausencia.
De nuevo aguachirri con cruasanes, churros o napolitanas antes de salir corriendo.
El café con leche más caro de mi vida justo antes de abandonarme.
Un turco imbebible en mitad de la nada.
Un café italiano en una cantina portuguesa.
Uno con Bailey's junto a un amigo viendo nuestra infancia. Y otro viendo nuestro futuro.
Preparo café a las cuatro de la mañana porque no se me ocurre una manera mejor de combatir el insomnio.
Esta maldita ciudad que nunca duerme. Ni a deshoras se dejan de oír los ruidos de la noche.
Huele a grano recién molido. Saco un dulce reservado para la ocasión. La luna me sonríe.
El libro de Cortázar sigue en la cama, reposando junto a la cerveza que no me deja saber dónde vas tú.
Y a la que me dejas un abrazo a la moda
Yo rechazo toda posibilidad de conversación
Las manos se me han enternecido. Ya no soy capaz de sentarme delante de un cuaderno y emborronarlo de historias. Algo dentro de mi cabeza no engrana bien: no consigo transmitir mis pensamientos al papel. Y es una pena, porque no me faltan las ganas.
Algún día volveré a temblar como solía hacer. Y las historias fluirán solas.
Ese dulzor que desprendías al pasear por el pinar
Tardaba días en borrarse de mi memoria.
Me pasaría horas evocándolo
Solo recordando lo bueno:
Los besos
Los vinos
La música
La luz (la ausencia de luz)
Y todas esas cosas que se quedan allí en la trastienda.
También intento recordar lo malo
Pero eso no tendría mucho sentido.
Nunca supe manejar las ausencias. Se me clavan en la garganta, en el punto exacto en que la tráquea y el esófago se hacen íntimos. Una espina de pescado es más amable con mi tubo digestivo. Al menos con pan y agua se va a su sitio. Una ausencia permanece; incluso se clava más a la carne si se la intenta tragar con vino.
Por eso, desde la última vez que me ingresaron por atragantarme, ya no tomo ni pan, ni agua ni vino. Apenas pruebo bocado de marzo a junio. Así evito los malos tragos. Da igual lo mucho que mis amigos digan que un estómago vacío es un mal compañero para un domingo de primavera
Huyes al atardecer de un martes de agosto para volver en una noche cualquiera de invierno.
No aquejas la ausencia ni creo que lo hagas jamás.
Sentado en la terraza, mirando el horizonte, los icebergs del vaso son apenas dos lágrimas ya.
Tengo que admitir que, cuando el cielo se envuelve en llamas, me gusta regodearme en la tristeza
"La quería mucho, debe ser por eso"
Un viaje a Perú
Una noche en un bar
Un año en Graná.
En el desierto
Pasa el tiempo
Sin necesidad de reloj.
¿Qué fuimos?
¿Qué seremos?
A saber
Nos queda hoy
Nos falta mañana.
Solo espero
Que seamos los de ayer
Al menos una vez al año, en agosto o en septiembre, disfruto de las uvas con queso y un buen vino.
Podría hacerlo con más frecuencia pero entonces perdería su encanto.
Aunque ayer, cuando apuraba la segunda copa, me di cuenta de algo.
¿Cuándo era nuestro aniversario?
En diciembre nos refugiamos allí donde pensamos que nadie nos encontraría
Discutíamos de
Follábamos sin
Bebíamos con
Disfrutábamos hasta
El día en que nos pusimos serios
Y decidimos, sin acordarlo siquiera,
Que había que despertar
Al invierno siguiente,
Lejos de todo aquello,
Nos vimos por casualidad
Y terminamos
Hablando de los hijos que nunca tuvimos
Pasamos todo el invierno en la trinchera
Defendiéndonos de enemigos imaginarios
Agotando las provisiones de todo un año
Evitando que entrara el miedo en la habitación.
Tanto esfuerzo solo sirvió para que, años después, en el funeral de Estado, un anónimo coronel pueda proclamar (mentiroso) que el fin de la guerra nos pilló en tu terraza
Noches como las de antes
[pero
Ves los mismos comportamientos, los mismos juegos
[aunque
Trasnochar sigue siendo divertido
[si
Es imposible pasar un martes en los bares
[cuando
dices que ya se nos hace tarde
Que mañana madrugamos
Que ahora hay que ir a trabajar
Y que, aunque nos pongamos pesados, ya no somos los de antes
Saberte eterno al terminar de bailar el sábado por la noche.
Confirmar tu mortalidad al amanecer en una cama ajena.
Recobrar de nuevo la divinidad al ver aparecer entre las sábanas ese culo que pensabas que habías soñado.
En tardes como ésta, muertos ya los dioses, nos recordamos que hubo un tiempo en que íbamos a misa
Ese maldito piercing que tan gracioso me parecía. O me parece, en presente, porque cada vez que lo veo en un rostro desconocido me acuerdo de nosotros. O de ti, en singular, porque me gusta más imaginarte antes de que nos encontráramos en un beso, en una cama. En un orgasmo.
Ese maldito piercing que tan de moda se ha puesto. Para dejar de recordar(te) voy a tener que quemar las naves del puerto, aunque para ello necesite invertir todo mi tiempo iniciándome en la piromanía.
Cuando te levantabas después de tomar mucha cerveza el barrio permanecía en silencio, respetándote. "Hoy toca limpieza", decías después de desayunar.
Me tocaba a mí hacer la comida mientras tú te ibas a la terraza. Tus gafas de sol ocultaban tu mirada.
Me gustaba cuando hacía poniente porque parecía que el viento barría la tristeza.
Hoy hace levante. He terminado de limpiar los últimos restos de febrero.
La mayor parte de mi vida no tendré nada que decirte. El resto del tiempo, sencillamente, no sabré cómo hacerlo.
No creeré en tí más de lo que creo en mí. O al revés. No lo sé con seguridad.
Pasarán años sin que sepamos nada el uno del otro.
Lo más probable es que sólo nos veamos una vez. Si es que ocurre.
Quizás no sepas quién soy. Yo tampoco te conoceré jamás.
Si un día nos cruzamos, puede ser que me odies. Y que yo me enamore de tí.
No estarás en mi funeral. No me importa.
Cuando menos me lo espere, te rezaré.
No hay nada como un día de lluvia para viajar en tren
El paisaje despide melancolía a juego con el color del cielo
La indiferencia de los viajeros acompaña al humor de la tarde
A lo lejos la tormenta amenaza con alcanzarnos pero nunca lo hace
Un día de lluvia, viajando en tren, tiramos millas para no vernos más
Cada mañana que hago esta cama en la que ya solo duermo de vez en cuando me encuentro con tu fantasma. Con una exactitud que me asombra y aterra, siempre al darle una vuelta al colchón, al volar una sábana, al girar la almohada. Sigue habiendo signos de tu presencia. Tendré que aprender a convivir con ellos
Volver a los sitios de siempre. Comprobar que, aunque todo cambie, algo permanece. Si el futuro sigue dándome estas ocasiones, la felicidad viene sola
Nos juntamos de vez en cuando a hacernos terapia mutua. Aunque a medida que pasan las sesiones se difuminan los beneficios y me entran las dudas. ¿Qué necesario es ésto? Si ella ya nunca va a volver...
Noeraloqueparecía
Nosabríacómoexplicarlo
Nopasóloqueteníaquepasar
Nosupisteaprovecharlaocasión
Noeraamorsinounaindigestión
En mitad de la nada suena la canción.
A lo lejos, en la llanura, la tormenta se acerca.
En el techado, con una botella de algo que huele a güisqui y sabe a humo, veo caer relámpagos y escucho truenos.
La soledad intenta hacerse un hueco. Pero la noche es demasiado perfecta.
A menudo me digo que este es mi lugar. Es en momentos como este que lo creo de verdad.
He perdido tantos trenes que uno más no importa. Esta estación va a ser mi destino por muchos años.
Sé que es difícil de entender. No soy lo bastante inteligente para expresarlo.
Nunca fui un gran orador. Ni siquiera uno mediocre. Soy un creyente en la contemplación.
Pero este es mi sitio. Aquí he encontrado el sucedáneo de la felicidad a la que, en un buen día, renuncié.
Tocaba hacer limpieza. Como siempre, lo dejó para lo último. Cuando ya no quedaba nada por hacer, se tumbó en el sofá y espero. El armario no se limpia en cualquier momento: hay que esperar a esa hora en la que el sol del atardecer lo inunda todo, bañando la madera de la habitación de nostalgia.
Cuando la luz fue la adecuada se enfrentó al armario y empezó por arriba. Sacó mantas, el edredón, chaquetas, sudaderas, pantalones elegantes y de deporte,... Y sólo quedó un objeto debajo de la ropa. Sacó la cajita barnizada, cubierta de polvo. "Recuerdos. No abrir"
Siempre, siempre, siempre
Llega esta fecha y
Haga el tiempo que haga y
Me encuentre donde me encuentre me
Da por pensar en ti y
En tu risa y
En la terraza donde
Se nos iban las horas sin
Atrevernos a aceptar la realidad.
En los paseos y
Las aventuras de cuento y
Tus historias delirantes con
Un toque esquizógeno.
En los conciertos, en las playas, en los montes, en las comidas, las cenas y las copas, en los amigos, en los atardeceres y en los amaneceres, en todas las cosas.
Siempre, siempre, siempre
Llega esta fecha y
Me acuerdo de ti.
Y me veo transportado a antes de que ocurriera todo. Al primer cruce de caminos. Y, al mismo tiempo, al último.
Hay veces que la luz me juega malas pasadas. Creo que es de noche, y en realidad amanece. Pienso que el sol me ciega, y es la luna llena. No hay nadie en el balcón, pero veo tu sombra recortada contra el paisanaje de la ciudad.
Hay veces, incluso, que te sigo viendo frente al espejo, vestida de cintura para arriba, peinando tus rizos rebeldes.
El oftalmólogo dice que es benigno.
La cabaña está en silencio. Los insectos tienen cosas mejores que hacer. El sol va cayendo y el bosque se tiñe de rojo
Alguna tarde leí en el sofá, tumbado en tu regazo
Cuando cocinábamos siempre se nos pasaba el arroz. Algún día le cogeremos el punto, decíamos
Me sentía inmortal
No recuerdo bien el final. Sólo sé que echamos de menos los otoños, sus sonidos y sus olores
Ahora espero a que los libros se lean solos
Y cuando sueño... ¿Es contigo? ¿Es otra? Quizás una mezcla. Quizá nadie. Me es imposible saberlo. Mi memoria siempre fue experta en distorsionarlo todo. Para mejor. Borra lo malo. O lo cubre con lo bueno. O lo disfraza con nostalgia. Es muy buena en ese juego. A veces hasta consigue que te eche de menos. ¿O es a otra? ¿Es siquiera real? Creo que vivo una mentira. Una mentira piadosa
Y no me quito el peso de encima. Sé
Que tomé la decisión adecuada y que
Mi cabeza funciona mejor desde ese
Momento en que salieron las palabras de
Mi boca y me miraste incrédula.
Se han ido los pensamientos opresivos
Y los invasivos. Y también la
Angustia, ansiedad y añoranza. Queda
La realidad, fría pero amable que me
Abraza y me hace olvidar.
Y con todo esto, no me quito
El peso de encima
Un cuchillo clavándose en la carne. O la punta del cartucho atravesándola, sin tocar hueso. No importa. Fluidos que se vierten en la arena. Corazón latiendo, tratando de compensar. Incredulidad. Sorpresa. Miedo. Miradas. Una carrera a pie y otra en coche. Tensión. Y un helicóptero que se aleja. Y la larga espera.
Un momento al día. Diez, quince, veinte minutos. Un momento nada más. Con eso me vale para escapar de los muros de hormigón. Con eso me basta para darme algo en qué pensar durante largas horas. Para hilar pensamientos constructivos en lugar de morteros, cartuchos y dinamita con los que echar abajo mis mecanismos de defensa.
Pero si puede ser, que sean unas horas al día. La evasión es una forma de autoprotección.
Deja de farfullar y ponte a trabajar, hostia.
La realidad siempre, siempre nos atrapa. Como tu nombre
Tus manos huelen a tierra, a carbón. A café.
Te recuerda a todo lo que fuiste, a lo que dejaste de ser. A lo que serás.
No hay otro día para pensar en ello. Los aromas, las fotografías, la mancha en la palma de la mano como de pólvora quemada
A la maldita hora en que ladran
Todos los perros del desierto
Al maldito momento en que sopla
El viento de todas direcciones
Se me viene encima un recuerdo,
maldito, sí, maldito.
Y detrás otro. Y luego tres más.
Y ni los perros ni los vientos
Son capaces de hacérmelo olvidar
No es un día especial. No es un día ni bueno ni malo. Es solo otro momento más. Otro número en la cuenta atrás.
Cuando no quieres levantarte de la cama, ¿cómo encuentras ese pensamiento que te haga superar el mal trago? ¿En qué piensas cuando parece que no hay motivación?
Creo que lo mejor es pensar que ya ha pasado la mitad. En los buenos ratos que llevas. En las risas que quedan por delante.
Despertarse con la radio no es vida. Es parecido a despertarse al lado de un desconocido. O en una cama ajena. La sensación de no haber descansado permanece en el cuerpo a pesar del café, las bromas y el viento frío de la mañana.
Mañana será otro día. Más o menos parecido a hoy. Seguramente diferente del de ayer. Pero seguirás cansado, esperando ese maná que te apacigüe el alma.
En casa de la abuela sigue el aroma a café recién hecho aún horas después de bebido. Queda una extraña calma tras la discusión. Una relación se rompe y todos la aceptan como inevitable. A fin de cuentas, si la decisión es ajena o divina nos quita responsabilidad. ¿No es eso lo que siempre buscamos?
La alarma suena anunciando la hora de despertar. A estas alturas de la historia es completamente innecesario
Y si estás con el ánimo bajo, llámame. ¿De acuerdo?
Si nunca contestas al móvil
Pues escríbeme. Pero no te lo guardes
Vale dijo antes de colgar. Ambos sabían que pasarían semanas antes de volver a hablar, fuese cual fuese la situación. Su filosofía era huir, quemando todas las naves en el camino de sus respectivos cuarteles de invierno. Ya volvería la primavera para empezar de cero.
Cada uno tiene sus expectativas, su ideal de la persona con la que querría estar, tanto por el físico como por el psíquico. Pero luego aparece alguien que, sin cumplir con todas o incluso con ninguna, pone tu mundo patas arriba. Y todo lo anterior no importa.
Qué me estás queriendo decir, preguntó él.
Que te quiero, imbécil.
Nos sentábamos a cenar mientras escuchábamos
A Sabina,
a Fito,
a Aitor
A quien fuera con tal de
Evadirnos del ruido de la ciudad
O del de nuestros corazones.
Elegí ir a ese concierto en lugar de al nuestro porque sabía que tú no estarías.
Llegué tarde para evitar verte en el camino.
Y tuviste la mala follá de ponerte justo delante de mí en el solo de guitarra.
¿Por qué te empeñas en fastidiarme hasta en sueños?
Nos sentamos en el sitio más insospechado.
Miramos los tristes vasos de cartón.
El azúcar.
Las cucharas.
Nuestras caras.
Hablamos de nuestras vidas.
Del mundo.
Del trabajo.
Del futuro, del quizás, del "mañana..."
Y en un momento, casi sin darnos cuenta
el cristal se rompe
Madrugar y oír la lluvia.
Pensar en el barro,
En la desgana,
En la incomodidad.
Buscar
El consuelo
En la compañía
En la rutina
En la misión.
En un abrazo
Alegría, desconcierto, sonrisas, caos, abrazos, desorden. Sensaciones mezcladas con sabor a chocolate. Pero sin chocolate.
Nos anticipamos a la rutina, a la despedida y al cambio. Y para remarcarlo, llueve.
Que esta noche dure para siempre.
Que llegue mañana lo antes posible.
No separarme.
Marcharme.
Ser feliz.
Llorar.
Sonreír otra vez.
Y dormir en cualquier parte
Una, dos, doce horas,
Las que hagan falta.
Y volar por tres continentes distintos.
Son muchos viajes ya. En tren, en coche, en avión, en barco. Nombra el vehículo y acertarás. Con más o con menos equipaje. Normalmente con menos; siempre dejo muchas cosas en el punto de partida. Para viajar ligero, digo, pero es mentira. La mochila se hace más pesada en cada puerto, en cada andén.
Y llega ese momento. La fracción de segundo que te devuelve al hoyo cuando ya te creías inmortal. Sin contemplaciones.
La fugacidad de la sonrisa deja de ser una frase hecha.
Y no sé bien por qué.
Y todo empieza otra vez.
Y me pregunto si es que de verdad huele a ti, a tu cuello, a tu piel o si es que es un engaño de mi cabeza, o la asociación del olor del tejido con tu cuerpo.
Y me pregunto cómo después de tantos kilómetros, polvo(s), lavados, viajes, sudores y vendavales siga oliendo a ti.
Me pregunto si no olerá, simplemente, a tu recuerdo.
En tan poco espacio van tres meses de mi vida. Tres meses dedicados, probablemente, al cultivo de la paciencia, la lectura y el aprendizaje. La temática de las lecciones está por ver.
Para subir a tu balcón en Plaza Nueva, cantaba Él. Nunca lo entendí porque tú no vivías allí. Ni tu balcón daba a la calle. Pero en estos días grises me acuerdo de Ti. Esta maldita guitarra me hace recordar fragmentos e ideas que desterré hace tiempo, aventuras del pasado que nos hicieron ser quienes somos pero no quienes seremos. Y miro por la ventana preguntándome cómo era subir a aquel balcón, imaginando que me abrías, me mirabas y abrías la boca.
Y me dijistes que llovía