Tocaba hacer limpieza. Como siempre, lo dejó para lo último. Cuando ya no quedaba nada por hacer, se tumbó en el sofá y espero. El armario no se limpia en cualquier momento: hay que esperar a esa hora en la que el sol del atardecer lo inunda todo, bañando la madera de la habitación de nostalgia.
Cuando la luz fue la adecuada se enfrentó al armario y empezó por arriba. Sacó mantas, el edredón, chaquetas, sudaderas, pantalones elegantes y de deporte,... Y sólo quedó un objeto debajo de la ropa. Sacó la cajita barnizada, cubierta de polvo. "Recuerdos. No abrir"
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