Huyes al atardecer de un martes de agosto para volver en una noche cualquiera de invierno.
No aquejas la ausencia ni creo que lo hagas jamás.
Sentado en la terraza, mirando el horizonte, los icebergs del vaso son apenas dos lágrimas ya.
Tengo que admitir que, cuando el cielo se envuelve en llamas, me gusta regodearme en la tristeza
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