Niños yendo a clase en una mañana plomiza. El frío de las siete y media. Las noches de jazz, los lunes de no poder con el alma, los atardeceres en lo más alto. Un colacao con tostadas de tomate escuchando los pájaros. Un rizo rebelde que se escapa entre mis dedos. Sudar juntos en verano. Perder las horas en un ambiente cargado mientras arreglamos el mundo. El patio de la facultad, con su gentío y su silencio, con el correr del agua, con esos tercios a las diez de la mañana cuando termina el primero de muchos test (que jamás corregirán).
Seis años que quedaron en nada. Cómo ha cambiado todo. Cómo seguirá cambiando.
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