Hoy entrego las llaves. Cierro esta puerta y
Recogíamos nuestras miserias y nuestros pesares, y con una sonrisa tenue en los labios saltábamos la verja del parque. Cómplices del acto más prohibido (y de muchos otros), nos dábamos la mano y comenzábamos la progresiva incorporación a la rutina de la mañana.
Cruzábamos la puerta de la casa de tus padres sin detenernos, no fuera a ser que nos reconocieran. Recuerdo cómo aumentabas la presión en mi mano izquierda. Ya con el estómago empezando a maullar, entrábamos donde siempre y
espero no tener que mirar hacia atrás en mucho tiempo
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