Verdades que son difíciles de tragar. Mentiras que son fáciles de digerir. Y la fina línea que separa unas de otras: una suerte de esófago, cerrado veinticuatrohorasycincuentaynueveminutosaldía para impedir el contacto.
Y luego llegas tú con una invitación a un bizcocho. Una fondue. Un crep. Y se me caen las barreras.
¿Por qué no me invitas nunca a comer fruta? Que luego me duelen las muelas de tanto dulce.
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