Cuando eché la mano al bolsillo y vi que no quedaban pañuelos
Se acababa la hora en la que el parque estaba abierto al público. Nos quedábamos ocultos entre los árboles o los columpios (dependía de cómo nos pillara el día).
Cuando el guarda echaba el cerrojo de la puerta salíamos de nuestro escondite, y entonces el recinto era nuestro. Besos, juegos, risas, confesiones. En la soledad prohibida de donde antes habían paseado decenas de personas.
comprendí que tenía que usar las gasas poco o nada estériles a estas alturas
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